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Que ser masculino no te haga enfermar

Cuidarse también es un acto de valentía.

Cuando hablamos de salud, solemos pensar en la ausencia de enfermedades, en el cuidado físico, una buena alimentación o en reducir el consumo de alcohol y otras sustancias. Pero si lo miramos con más calma y profundidad, es importante observar cómo vivimos, sentimos y nos relacionamos con el mundo. Ahí entra el género y, en particular, la(s) masculinidad(es) que pueden influir en nuestra salud tanto como los factores ambientales, los comportamientos o la biología.

A menudo se nos enseña que los riesgos para la salud son conductas como fumar, beber, no hacer ejercicio o comer “mal”. Eso es importante, sí, pero ¿qué pasa con los factores sociales que nos llevan a esas decisiones?¿Qué sabemos los hombres sobre pedir ayuda?¿Reconocemos nuestras emociones?¿Sabemos identificar cuándo no estamos bien emocionalmente?¿Y cómo cuidamos realmente nuestro cuerpo y nuestra mente?

En muchas culturas, incluida la nuestra, en Puerto Rico, la masculinidad ha significado aguantar dolor, mostrar fortaleza, trabajar sin descanso y evitar las emociones. El costo de eso es alto. En Puerto Rico, uno de cada siete suicidios de hombres ocurre en la industria de la construcción, vinculado con la inestabilidad laboral, lesiones físicas, largas jornadas y una cultura que desalienta hablar sobre cómo nos sentimos (Comisión para la Prevención del Suicidio, 2025). Esta masculinidad, una hegemónica, suele traer aislamiento, menos redes de apoyo y pocas o ninguna práctica de autocuidado. La masculinidad tradicional es un problema de salud pública que atenta contra la paz de nuestro país. De aquí la urgencia de trabajar en la construcción de masculinidades alternas (Ramírez Ayala, 2020).

Así como sugiere Ramírez en su autoetnografía: Hacia la Construcción de Masculinidades Contestatarias en Puerto Rico, la buena noticia es que no existe una sola forma de ser hombre. Cada vez más, en Puerto Rico y en otras partes del mundo, surgen formas de masculinidad más humanas, empáticas y saludables: hombres que cuidan, que se dejan cuidar, que hablan de salud mental, que crían, que cocinan, que acompañan, que reconocen los espacios que deben ocupar y los que no.

Estas masculinidades alternativas (contestatarias) son también estrategias de salud. Desafían el mandato del silencio y promueven vínculos, empatía y bienestar colectivo. Reflexionar sobre la masculinidad no es una crítica a los hombres, sino una invitación a entendernos, a reconocer cómo los patrones sociales, las exigencias del sistema capitalista y las estructuras machistas, nos han usado como herramientas de poder contra nuestras parejas, madres, hijas, compañeras, y también contra nosotros mismos.

Porque la salud, al fin y al cabo, no solo se mide en cifras o diagnósticos, sino también en nuestra capacidad de sentirnos parte de algo, de cuidar y ser cuidados. Ser hombre no debería ser sinónimo de dureza ni distancia.

Hablemos sobre cómo sanar.
1. Hablar es también cuidarse. Hablar con tus amistades, tu pareja o tu familia sobre lo que sientes, tus miedos o tus cansancios no te hace débil, te hace humano. Buscar ayuda psicológica o emocional no significa que no puedas con la vida; significa que eliges no cargarla solo.

2. Practicar el autocuidado sin vergüenza. Cuidarse no es un lujo, es una responsabilidad contigo mismo y con quienes amas. Descansar, dormir bien, ir al médico, hacer ejercicio, cocinar con calma, cuidar tu higiene, tomarte un día libre o simplemente respirar: eso también es salud.

3. Revisar los privilegios. La masculinidad, tal como la hemos aprendido, viene con privilegios: poder hablar más, decidir más, ser escuchado primero o con mayor frecuencia. Reconocerlo no es culpa, es conciencia. Soltar el privilegio es aprender a compartir los espacios, a escuchar más y a no imponer tu voz. Una masculinidad que suelta el poder, abre espacio a la equidad, y con ella, a relaciones más sanas.

4. Reeducar la mente, desaprender para sanar. Los mandatos de “aguantar”, “no llorar”, “controlar” están tan normalizados que a veces ni los notamos. Pero la buena noticia es que todo lo aprendido puede desaprenderse.

5. Construir redes de apoyo. Los hombres también necesitan comunidad. Crea espacios donde puedas compartir, acompañar, escuchar y ser escuchado. Hablar de salud mental, de paternidad, de emociones o de miedos entre hombres es una forma de resistencia ante un modelo que nos separa.

Podemos imaginar y vivir masculinidades donde el cuidado, la empatía y la ternura no sean excepciones, sino costumbres. Porque, al final, una masculinidad que cuida también cura.


 
 
 

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