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Las palabras importan: Lenguaje libre de estigma como ruta hacia la equidad en salud

En los esfuerzos relacionados con salud pública, las palabras pueden ser tan
determinantes como un tratamiento en una intervención médica. Las palabras no solo
describen la realidad, sino que influyen en ella. El lenguaje que usamos incide en la
percepción social, la disposición a buscar servicios de salud física y mental. Así
también, en las relaciones interpersonales y en las relaciones entre personas que
reciben servicios y proveedores. A pesar de todo esto, las expresiones estigmatizantes
continúan presentes en medios de comunicación, redes sociales, en políticas
institucionales y públicas y en conversaciones cotidianas. Esto perpetúa las barreras
que excluyen la diversidad y que dificultan el acceso a servicios de prevención,
diagnóstico y tratamiento de enfermedades y condiciones.

El estigma va más allá de la discriminación directa. Es un proceso que combina
prejuicio y marginación, basado en características reales o percibidas. Se manifiesta en
tres niveles: social (actitudes de la comunidad), institucional (políticas y prácticas que
excluyen) e internalizado (cuando la persona asume los estereotipos que otras
personas proyectan sobre ella). En todos los casos, el lenguaje funciona como
vehículo, amplificando o reduciendo los efectos del estigma. Por ejemplo, referirse a
alguien como “paciente VIH positivo” o “paciente infectado con VIH” prioriza la
condición sobre la persona, puede evocar miedo, culpa, rechazo o peligro, mientras
que utilizar la expresión “persona con VIH”, reconoce su dignidad y humanidad.

En el contexto de la salud pública, utilizar un lenguaje libre de estigma no debe
entenderse como una formalidad: es una estrategia respaldada por la evidencia
científica. Las palabras pueden determinar si una persona decide buscar servicios, si
sigue un tratamiento según recomendado o si se siente bienvenida en un espacio de
cuidado.

Otros ejemplos concretos incluyen sustituir “adicto” por “persona con trastorno por uso de sustancias”, evitar expresiones como “sufre de” y sustituir por “persona con”. También cambiar términos o frases como “inválido” o “incapacitado” por “persona con diversidad funcional”, “persona indocumentada” o “ilegal” por “persona con estatus migratorio no definido”, “deambulante” por “persona que experimenta sinhogarismo”. Estos cambios, aunque pequeños, pueden transformar la manera en que una comunidad percibe una condición, física, mental o social y, más importante aún, cómo las personas se perciben a sí mismas.

Los desafíos para implementar un lenguaje libre de estigma incluyen la resistencia

cultural, el normalizar las expresiones inadecuadas y el uso de lenguaje técnico que puede ser confuso o malinterpretado. Pero también hay oportunidades claras:


● Capacitar a profesionales de la salud, periodistas y comunicadores y a la
población en general.
● Desarrollar guías adaptadas a nuestra cultura y realidad.
● Integrar el enfoque en políticas, campañas y currículos educativos.
● Usar las redes sociales como plataforma para normalizar un lenguaje respetuoso
y basado en derechos humanos.

Cambiar las palabras no resuelve por sí solo las inequidades estructurales, pero sí abre
la puerta a relaciones más justas y respetuosas. Es una intervención de bajo costo y
amplio alcance que puede mejorar la confianza en los servicios sociales y de salud, la
experiencia de las personas y la calidad de vida.

Las palabras importan porque construyen realidades. Cada término que elegimos
puede ser un muro o un puente. En nuestras manos está la decisión de construir
puentes hacia un país más justo, humano e inclusivo.
 
 
 

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