La situación de violencia en Puerto Rico: una mirada desde la Salud Pública
- Kiaranel Castro Lebrón, MPHE

- Aug 19, 2025
- 3 min read
En tiempos recientes, quizás porque la mayoría de las personas tienen acceso a medios de comunicación y redes sociales, se palpa una división notable de opiniones y sentires. En ocasiones, parece ser que una generación le echa la culpa a la otra. En ocasiones, parece ser que hay un grupo intergeneracional de personas estirando los brazos en ambas direcciones, como en las caricaturas, con el deseo de sostener el país y todo lo bueno que nos caracteriza. Las conversaciones en las salas de espera de servicios médicos o de servicios gubernamentales son casi canciones que se repiten, “Esto está brutal”, “Esto es insostenible”, “Hay que aprender a vivir con esto”. Y es que hay tantos asuntos sociales y de salud pública que aquejan a nuestra gente en Puerto Rico, que estas expresiones aplican a mucho, entre ello, a la violencia callejera y a la seguridad pública.
Cuando se habla sobre violencia callejera se refiere a actos violentos, que pueden incluir el uso intencional y amenazante de armas para causar muerte o lesiones. La seguridad pública, por su parte, se refiere a la protección y preservación del orden, la paz y la integridad de las personas dentro de una comunidad.
La seguridad pública supone ser la herramienta que atiende la violencia callejera y, hoy, en Puerto Rico, nos preguntamos casi a diario, qué significa estar o sentirse seguro.
La violencia, en su expresión más amplia, tiene repercusiones trascendentales en la salud física, emocional y psicológica de las personas y las sociedades. Con una frecuencia alarmante, vemos noticias sobre personas inocentes, que quedan atrapadas en medio de “tiroteos” y, a consecuencia de ello, pierden la vida o quedan gravemente heridos. Si somos lo suficientemente suertudos de no estar en el “lugar equivocado, a la hora equivocada”, quedamos marcados por el estrés, la ansiedad y la angustia por haber tenido un familiar en una situación como esta o por el mero pensamiento de encontrarse en esta situación tan solo por salir a la calle.
La violencia callejera no surge de la nada y tiene consecuencias agobiantes y prolongadas a lo largo del tiempo. Niños y jóvenes que se crían en lugares violentos pueden presentar problemas en su desarrollo y su rendimiento escolar. Los servicios de salud, de por sí ya fragmentados, se sobrecargan por casos de emergencia. Comunidades se convierten en el blanco de prejuicios y estigma. Turistas pierden la vida en un viaje de ocio y disfrute. ¡Historias reales y recientes!
Ante esta reflexión:
La atención a la salud mental tiene que ser una prioridad: Fortalecer los servicios de salud mental desde la prevención hasta la atención a víctimas y comunidades afectadas.
Las organizaciones comunitarias requieren recursos: Proveer recursos económicos y fortalecer organizaciones y programas comunitarios para servir a todas las etapas de desarrollo, desde las escuelas y familias hasta las comunidades envejecidas.
Campañas de concienciación y educación: Promover la participación de todos los sectores en campañas sobre el impacto de la violencia callejera (campañas de la gente, para la gente).




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