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La situación de violencia en Puerto Rico: una mirada desde la Salud Pública

En tiempos recientes, quizás porque la mayoría de las personas tienen acceso a medios de comunicación y redes sociales, se palpa una división notable de opiniones y sentires. En ocasiones, parece ser que una generación le echa la culpa a la otra. En ocasiones, parece ser que hay un grupo intergeneracional de personas estirando los brazos en ambas direcciones, como en las caricaturas, con el deseo de sostener el país y todo lo bueno que nos caracteriza. Las conversaciones en las salas de espera de servicios médicos o de servicios gubernamentales son casi canciones que se repiten, “Esto está brutal”, “Esto es insostenible”, “Hay que aprender a vivir con esto”. Y es que hay tantos asuntos sociales y de salud pública que aquejan a nuestra gente en Puerto Rico, que estas expresiones aplican a mucho, entre ello, a la violencia callejera y a la seguridad pública.

Cuando se habla sobre violencia callejera se refiere a actos violentos, que pueden incluir el uso intencional y amenazante de armas para causar muerte o lesiones. La seguridad pública, por su parte, se refiere a la protección y preservación del orden, la paz y la integridad de las personas dentro de una comunidad.

La seguridad pública supone ser la herramienta que atiende la violencia callejera y, hoy, en Puerto Rico, nos preguntamos casi a diario, qué significa estar o sentirse seguro.

La violencia, en su expresión más amplia, tiene repercusiones trascendentales en la salud física, emocional y psicológica de las personas y las sociedades. Con una frecuencia alarmante, vemos noticias sobre personas inocentes, que quedan atrapadas en medio de “tiroteos” y, a consecuencia de ello, pierden la vida o quedan gravemente heridos. Si somos lo suficientemente suertudos de no estar en el “lugar equivocado, a la hora equivocada”, quedamos marcados por el estrés, la ansiedad y la angustia por haber tenido un familiar en una situación como esta o por el mero pensamiento de encontrarse en esta situación tan solo por salir a la calle. 

La violencia callejera no surge de la nada y tiene consecuencias agobiantes y prolongadas a lo largo del tiempo. Niños y jóvenes que se crían en lugares violentos pueden presentar problemas en su desarrollo y su rendimiento escolar. Los servicios de salud, de por sí ya fragmentados, se sobrecargan por casos de emergencia. Comunidades se convierten en el blanco de prejuicios y estigma. Turistas pierden la vida en un viaje de ocio y disfrute. ¡Historias reales y recientes!

Ante esta reflexión:
  1. La atención a la salud mental tiene que ser una prioridad: Fortalecer los servicios de salud mental desde la prevención hasta la atención a víctimas y comunidades afectadas.
  2. Las organizaciones comunitarias requieren recursos: Proveer recursos económicos y fortalecer organizaciones y programas comunitarios para servir a todas las etapas de desarrollo, desde las escuelas y familias hasta las comunidades envejecidas.
  3. Campañas de concienciación y educación: Promover la participación de todos los sectores en campañas sobre el impacto de la violencia callejera (campañas de la gente, para la gente).

Para cerrar esta reflexión que aún está en proceso: La violencia callejera es un asunto multidimensional, que requiere un enfoque interdisciplinario e inmediato, una combinación de prevención, educación, políticas y prácticas efectivas en todos los niveles.

A individuos y organizaciones: Se vale sentir el cansancio de asumir la responsabilidad del Estado. Quienes queremos un Puerto Rico seguro para todas las personas, agradecemos su esfuerzo y el trabajo diario que realizan. ¡Por un Puerto Rico libre de violencia!
 
 
 

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