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Entre titulares y asesinatos: la persistencia de la violencia

En un fin de semana tradicionalmente marcado por celebraciones como San Valentín, Puerto Rico enfrentó otro capítulo de violencia: al menos siete asesinatos, la mayoría por disparos, que nos recuerdan que nuestras calles no solo son escenarios de fiesta, sino también de riesgo y muerte.

Se habla de una reducción de muertes violentas (asesinatos); sin embargo, pocas veces se relaciona esa merma con la disminución en nacimientos, las tasas absurdas de emigración y otros factores que, proporcionalmente, inciden en esos números y resultan en la falsa realidad de que en Puerto Rico “se muere menos” por violencia. Se normaliza la violencia, cuando una sola muerte debería bastar para alarmarnos: es el reflejo de una sociedad enferma.

En 2025, la Policía de Puerto Rico registró 461 asesinatos. En lo que va de 2026 se han reportado 58 asesinatos; a la fecha, 15 menos que el año pasado. ¿Qué estamos diciendo con esa comparación? ¿Qué esto es motivo de celebración? ¿Qué tener menos muertes que el año anterior es razón suficiente para pensar que hay progreso, que se está viendo “el cambio”? Fuera de las cifras, los conteos y los reportes que presenta el Estado o que usamos para escribir propuestas, aquí estamos hablando de vidas. Estamos hablando del quebranto de una sociedad que busca no ahogarse en su propia miseria. El trasiego de drogas, la falta de capacidad para el diálogo, el no haber aprendido a resolver conflictos, las conductas machistas, la otorgación de licencias de portación de armas sin controles adecuados y muchos otros factores son elementos que debemos mirar de frente, quienes no queremos que esto siga pasando.

Las muertes en la calle ya no tienen edad ni rostro. No son responden a dónde naciste, cómo te criaste o a qué te dedicas. Los informes oficiales muestran que entre los años 2012–2025, la mayoría de las víctimas de muertes violentas han sido hombres jóvenes de 15 a 39 años, lo que refleja un patrón demográfico persistente (Instituto de Estadísticas de Puerto Rico). Pero, más allá de los perfiles, las muertes hoy nos suceden en la cara, a cualquier hora del día, sin permiso y sin anestesia. Recuerdo a Polaco, del pasado dúo Lito y Polaco, en su canción Andamos prestao’, cuando decía: “Agosto del 96 fue la fecha en la que yo volví a nacer, fue en el año en el que las balas rozaban mi cara”. Treinta años después, se sigue viviendo “prestao”.

Vivimos en un tiempo donde incluso el ocio implica asumir riesgos, donde algunos lugares parecen más seguros que otros, pero en realidad, ya no sabemos. Este escrito nace del sentimiento de una persona que ha vivido la violencia en diversas expresiones, pero también del profesional que busca proponer formas reparativas para que, en colectivo, sanemos. ¿Cómo remediar estos hechos? La solución no está a la vuelta de la esquina. Aquí hay mucho que hacer.

  • Primero, reformar el sistema de educación con una mirada social hacia la convivencia, incorporando programas escolares y comunitarios que enseñen resolución de conflictos sin violencia, inteligencia emocional y habilidades para el diálogo desde edades tempranas, así como currículos que fomenten empatía, respeto y derechos humanos.
  • Segundo, avanzar hacia una justicia restaurativa y verdaderamente multidisciplinaria, que incorpore perfiles psicológicos y sociales para entender causas y patrones de violencia.
  • Tercero, resignificar la rehabilitación con propósito social, integrando atención en salud mental, manejo de la ira y desarrollo de habilidades socioemocionales en el sistema correccional, junto con vías reales de reinserción educativa y laboral.
  • Y, finalmente, asumir que la prevención de la violencia también pasa por la economía: crear empleo digno, reducir la desigualdad y abrir alternativas reales en las comunidades más violentadas, es parte de cualquier política de seguridad efectiva. Sin oportunidades, la economía ilegal sigue siendo opción; sin reintegración social y laboral, el ciclo de la violencia se repite.

En Health Technical Response creemos en reformar los sistemas para reducir la violencia, reconstruir las masculinidades violentas y apostar por un sistema integrado de atención a estos y otros asuntos que nos afectan a todas las personas que vivimos aquí. Porque, como dice Bad Bunny, “de aquí nadie me saca”: este es nuestro país, nuestra casa, y también nuestra responsabilidad cuidarla, repararla y hacerla más justa y segura para quienes están y para quienes vendrán.
 
 
 

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